El 23 de diciembre del año 2011 yo estaba en Benson, un
pueblo en el estado de Illinois cuya población no llega a los 500 habitantes.
La temperatura todavía no castigaba como suele suceder en el invierno del
Hemisferio Norte y los caminos eran transitables sin que estuvieran totalmente
cubiertos de nieve. Gary Crotts es uno de mis mejores amigos norteamericanos.
Si bien Gary no tiene una formación matemática, su capacidad de análisis no
deja de sorprenderme. No recuerdo bien de qué discutíamos pero sí sé que la
ruta se hacía cada vez más angosta y en un momento, cuando el sol me pegaba
fuerte en los ojos, escuché un sonido proveniente de mi celular que me
anunciaba que tenía un mensaje de texto. Decía así:
“Tengo un problema
muy bueno para pensar. No sé cómo se hace, pero no te quiero decir nada ahora
porque tengo miedo de que me lo arruines contándome la respuesta”.
Era Manu Ginóbili, desde San Antonio. A punto de empezar
la temporada de la NBA, Manu estaba con Many (su esposa) y sus mellizos. Le
pedí que me contara el problema y que confiara en mí. Si lo conocía, no le
diría nada. Me dijo entonces que como era demasiado largo, prefería mandarme un
mail.
Lo que sigue fue lo que recibí a los cinco minutos:
“El señor Norberto
Ferrero padece una extraña enfermedad (conocida como ‘Síndrome de Ferrero’) que
hace que todos los días deba tomar dos pastillas, una del tipo A y otra del
tipo B. Estas pastillas son exactamente iguales en peso, color, sabor, olor,
tamaño, forma... de modo que es imposible distinguirlas externamente y, sin
embargo, es vital que Norberto se tome una pastilla de cada tipo cada día. Por
eso, el señor Ferrero, muy organizado él, guarda las pastillas del tipo A en un
pastillero marcado con la letra A y las pastillas del tipo B en un pastillero
marcado con la letra B.
Cada día, echa una
pastilla del tipo A y otra del tipo B en su mano y se las traga. Pero hoy,
después de echar la pastilla del tipo B, ha echado por accidente dos pastillas
del tipo A en su mano, de modo que tiene tres pastillas y no puede distinguir
cuál de las tres es la del pastillero B. Para colmo de males, Norberto no
quiere simplemente tirar las pastillas y tomar otras dos, pues son unas
pastillas muy caras.
¿Qué debe hacer para
tomar, ese día y los días siguientes, una pastilla de cada tipo sin equivocarse
y sin desperdiciar ninguna?
Pensalo, no es un
juego de palabras ni una tontería y aunque parezca imposible, se puede hacer.”
Me pareció pertinente conservar el texto original porque
es simpático y el crédito hay que dárselo a quien lo imaginó y luego lo puso en
Internet para que estuviera a disposición de todos. No sé quién es el autor,
pero ciertamente no fui yo.
Eso sí: el problema es sencillo, pero espectacular. ¿En
qué sentido? En que ofrece otra manera de poner a prueba nuestra capacidad para
pensar en “forma lateral”. Es decir, si uno quiere pensar “a lo bruto”,
avanzando por el camino habitual, es poco probable que tenga éxito. No digo que
este deba ser su caso: quizás a usted se le ocurre de entrada una forma de
resolverlo y toda la elaboración que sigue más abajo le parezca irrelevante. Y
está bien también, pero solamente quiero advertirle que a casi todas las
personas a las que les planteé el problema, les llevó un tiempo encontrar la
solución.
Algunas observaciones más. El problema no tiene ninguna
“trampa”. Si la tuviera, no lo ofrecería para pensar. Créame: no requiere de
ninguna herramienta que a usted no se le pueda ocurrir.
Si le puedo ofrecer mi opinión, le sugeriría que se tome
un tiempo razonable para pensar. No se apure. Una vez que haya intentado por
caminos que le parece que lo llevan siempre al mismo lugar (equivocado), y
cuando ya esté dispuesto a abandonar, déjelo por unas horas. Piense en otra
cosa. Lo que creo que es muy probable que le pase es que súbitamente le
aparezca el algún momento una idea, una idea “distinta”, algo que no se le
había ocurrido hasta acá. Y se hará la luz. Por eso, si puede, disfrútelo y
trate de no mirar la respuesta.